Villazón, 29/12/11. Una delegación partió a conseguir los pasajes de tren con éxito rotundo en la misión...
Mientras se aproxima la hora de comer, el hospedaje El Barquito se va transformando con murgas y chacareras que salen de un celular con característica +54; ahora es un conventillo boliviano con aires argentinos y las cholas arrabaleras se cuentan los chismes mientras esperan el turno para el baño.
El guiso se cocina en la habitación y se amalgama gastronómicamente con la cocina boliviana agregando ají locoto. ¡Mmmmm! ¡Ufffff! ¡Ahhh la pelotita!
¡Pero no hay hemorroide que pueda detener nuestra disposición a incorporar a fuego la cultura boliviana en nuestras vidas!
Quienes se encargaban de lavar las zanahorias, tenían tiempo para reflexionar sobre las acciones
de su vida y hacer una proyección hacia dónde iba... si por el Camino de Vida o por el Camino de Muerte (¡buuu!)
No entendimos bien la moraleja. Parece que el camino de vida tiene una trampa y al final te caes por un precipicio derecho en el horno... Porque hay que ser muy boludo o estar bastante drogado para pensar que se puede caminar por las nubes. De todas formas, el dibujo es claro: ¡La decisión más sabia es quedarse en la fiesta que está en el medio y no darle bola a las flechas!
Ya en el tren. Mientras comíamos zanahorias que habían sobrado del guiso, uvas y nueces, disfrutábamos de un paisaje de ensueño. En todo lugar sierras, arroyos y huertas; por todos lados la gente trabajando la tierra. ¡Qué ganas de respirar! todos los colores, todos los lugares y la inmensa sabiduría de su gente, todo invita a llenarse de vida. Las pilas de ladrillos de adobe imitaban pequeños cerros cuadriculados. Armonía...
De pronto: ¡los deseos de caminar por esos lugares se hacen realidad! El tren se para... Toda la gente se desparrama por la inmensidad.
Y ya no hay nada más para decir: los labios se convierten en barro.
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