donde estaba la casa de Gobierno (o Palacio de las Garzas, https://es.wikipedia.org/wiki/Palacio_de_Las_Garzas), donde custodian a las garzas grises que representan cada Provincia; en donde los viejos conventillos estaban siendo destruidos y la gente corrida,
para dar paso (imaginen que entre los conventillos se encuentra la sede de la Armada Nacional con su correspondiente destacamento, en cuya esquina había un bar de maderas viejas y doñas centenarias donde me tomé una malta junto a vecinos y militares) a locales inmobiliarios junto a hermosos pabs, cofi, bar an restó, y ropa y comercio de ropa a la moda televisiva y promotoras que mostraban el flaiers de diseñador/a el nuevo modelo de ciudad vieja, o nueva... En los balcones de los desvencijados edificios donde viven personas pescadoras, empleadas del puerto,
negros laburantes, la ropa lavada cuelga y el negro en cueros mira el turismo paquete que pasa por debajo, como se mira resignado a hormigas que se comen la madera; (si me viera ahora, por la dudas, le deseo en la mirada que sea más feliz que esa vez). Del otro lado de la ciudad: el centro (o la ciudad nueva, o una ciudad ficcional), con edificios que parecen contrastar ya no con un cielo sino con una pantalla de celular.
Muy flashero ver tan claro las polaridades de la moneda, del Balboa, del conquistador cuyo monumento se encontraba en el medio de la avenida que unía estas dos bolas de civilización.
5 balboas, o 5 dólares, me cobraron por cagar en el colectivo por una descompostura de glotón por obsenidades azucaradas a precio muy accesible. El tipo que se encargaba de controlar (durmiendo en la escalera enfrente del baño) me escuchó haciendo lo que no debía. No hubo descompostura humana que valga, había que limpiarlo y eso era lo que salía: 5 balboas.
(Todavía para algunos: la humanidad no se descompone ¡mierda!)
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